miércoles, 27 de febrero de 2013

Un curioso documento del año 1733, de Cehegín.




Carta fechada en Madrid, 26 de septiembre de 1733, dirigida al Concejo de Cehegín. Archivo Municipal de Cehegín.


“El Consejo tiene noticia cierta de que  ha dos meses que en la calle maior de esa villa se han fabricado unos poyos a expensas de gente principal, moza y desocupada, que en ellos se sienta y pasa lo más del día haziendo divertimento de motejar y sonrojar a las personas pobres que van y vienen por allí a su comercio, de que resultan inquietudes, disensiones y inconvenientes. Y todo esto no puede produzir sino maiores daños. Y para evitarlos ordena el Consejo a vuesas mercedes que desbaraten y quiten estos poyos, semejantes a los que en otras ocasiones se han mandado derrivar. Y que den ustedes quenta de la puntual ejecución de esta orden. Dios guarde a vuesas mercedes Muchos años. Madrid, 26 de septiembre de 1733.

Justicia y Regimiento de la villa de Zehegín. “   

Esta carta se envió desde la Corte, en Madrid, presumiblemente por una denuncia presentada por los afectados, ante las burlas de los jóvenes de familias principales de la villa que se sentaban en el dicho poyo de la calle Mayor. En el transfondo de este documento parece evidente que se nos indica algo importante: la justicia local hacía caso omiso de las denuncias cuando éstas pudiesen afectar a los pudientes. Parece meridianamente claro que quien presentó la denuncia en Madrid no fue alguien pobre, sino algún afectado por burlas procedentes de algún jovenzuelo de una familia rival de la suya. Fíjese el lector en un matiz interesante. Lo que se ordena es que se derriben los poyos, pero no castigar a los burlones. Si estos jóvenes hubiesen sido de clase humilde hubieran sido, sin duda castigados, multados o posiblemente encerrados en la cárcel por injurias. Aquí se opta por una solución salomónica: quitar los poyos para que no se puedan sentar allí, en vez de castigar a los mozos.  Todo esto es una muestra de cómo funcionaban las cosas en el Cehegín de la Edad Moderna. Este tipo de denuncias puestas en el Concejo eran simplemente dejadas de lado, ya que el control concejil era total por parte de las propias familias de estos jóvenes pudientes desocupados.

martes, 26 de febrero de 2013

Paisajes naturales de Cehegín y Bullas












Papeles de la Guerra de la Independencia. Cehegín


Documento fechado en 29 de agosto de 1811, relativo a derrama de 1000 reales de vellón, por la villa de Cehegín, para suministros destinados a la división de caballería que estaba al mando de don Vicente Osorio. Se conserva en el Archivo Municipal de Cehegín.

Dice la transcripción del texto:

"Ha entregado a esta Comisión don Antonio Chico mil reales de vellón que le han correspondido por la derrama que ha tirado dicha Comisión, para suministrar a la división de caballería que está al mando de don Vicente Osorio.   Zehegín, y agosto 29, de 1811.    

Son 1000 reales de vellón.  Como tesorero, José Bravo de Vargas."




viernes, 22 de febrero de 2013

Esperando las luces del alba. Un cuento.








Esperando las luces del alba.

Un cuento de Francisco Jesús Hidalgo García


El aroma del romero era el bálsamo para aliviar su desaliento.

Al tío Herminio le gustaba coger un tallo, mojado en rocío, en aquellas mañanas frescas de otoño, para sentir que aún su alma seguía latiendo al compás de cada paso que daba. Era temprano y un gran rumor de jilgueros y gorriones inundaba de lado a lado todo el cortijo. Se puso unas viejas esparteñas, que todavía conservaba, un pantalón de pana recia con el que, al parecer, se había casado cincuenta años antes, su camisa, chaqueta, boina, y, con una eterna tos que bien parecía, aunque no lo fuese, de tuberculosis comiéndole las entrañas, volvió a salir al encuentro de la alborada. Como todas las mañanas, y cuando, tiernamente, pasaba los dedos sobre el romero sentía el sonido del cencerro y el balar de las ovejas, el aire fresco de la sierra y, sobre todo, el rumor de la soledad en el collado.
-¡Qué soledad tan diferente a la de otros tiempos! –mascullaba entre tos y saliva el tío Herminio-.
Mientras musitaba para sí, recordando las primaveras y el azul del espliego, llegó hasta él una mujercita de cuerpo menudo y blancos cabellos, que sobresalían de un pañuelo enlutado que cubría la cabeza y con los hombros cubiertos por un chal negro de lana.
-Buenos días Herminio-saludó la anciana- ¿estamos tomando el fresco esta mañana o tal vez esperando el sol que se avecina?
-¡Como todas las que puedo Josefina!-le contestó el hombre entre un amago de ataque de tos-, ¡como todas las mañanas Josefina! -repitió de nuevo-.
Si no me equivoco, Herminio, vamos a tener lluvia o nieve de aquí a dos o tres días, que aunque no ha entrado el invierno me recelo, con esas nubes y el cielo como está, que haya de caer la primera nevada de este año -comentó la anciana con un cierto aire de convencimiento-.
La mujer se sentó sobre un poyo que allí al lado había. Durante un buen rato permaneció en silencio, con las manos entrelazadas, y la cabeza baja, como queriendo dormitar. El tío Herminio miraba al frente, absorto en sus cosas, y, de vez en cuando, se echaba mano a la boina y el pescuezo creyendo que algo le había caído desde el inmenso verdor de unos olmos que allí mismo, sobre sus cabezas, había. Al cabo de un ratito la anciana dio una ligera cabezada y, ya despierta, se levantó del poyo volviéndose hacia el interior del caserío, pues refrescaba en demasía a su entender, aunque el anciano prefirió aguantar un poco más. Tenía todo el tiempo del mundo… y mucho más aún.


-¿Qué será de mí?- Se preguntaba cada atardecer. ¿Qué será de mí?- se preguntaba ese anochecer-

El día fue transcurriendo con su mañana clara, su templado mediodía y su fresco atardecer. El tío Herminio era hombre de campo y monte, sin letras, pero con una esmerada sapiencia, rara y a la vez natural, con un amor por el conocimiento fuera de lo común. Le gustaba pensar. En verdad, ya le parecían demasiados los atardeceres pasados en soledad, en el poyo de la casa, acariciando con dulzura el báculo de la senectud.
El frescor del anochecer se fue volviendo gris y después blanco, muy blanco, tanto como la nieve que llegó antes de lo que imaginaba la sapiencia venerable de la anciana del chal negro.
La nieve caía con tranquilidad, tal que si tuviese conciencia de sí misma se podría decir de ella que la gracia que tenía en su llegada era por dejarse acariciar de los niños que en cuestión de momentos gozarían bañándose en su blancura. Pero, en verdad, al anciano la nieve ya no le llamaba mucho la atención. Tampoco había niños que jugasen con ella, ya hacía mucho tiempo que desapareció su candidez de la aldea. En la soledad de sus días nada era lo mismo y, poco a poco, parecía que sólo viviera para esperar. Sus noches, desde hacía tiempo, se limitaban a un candil de aceite, una pequeña estufa de hierro, la visita de los pocos vecinos que ya quedaban allí y una ensalada aderezada con un poco de bacalao remojado, cuando lo había, o el acompañamiento de unos pimientos secos, de aquellos que colgaban de una caña en lo más alto de la casa. El resto era esperar al amanecer, y, aún en sueños, acariciar el romero y sentarse en el collado, al fresco de la mañana, sabiendo que entonces su soledad parecía menos.

Y llegó la mañana

La mañana amaneció blanca. Unos perros saltaban, jugando, sobre la nieve. El tío Herminio se asomó a la ventana. Todo era una inmensa alfombra blanca, inmaculada, hermosa…
- Tengo que acercarme a ver a Ana, que a saber como andará ella solica en su casa con el nevazo que ha caído- se dijo a sí mismo preocupado; era ese vínculo entrañable, que sólo lo pueden crear setenta años respirando el mismo aire-
Entonces tomó buena ropa de abrigo y se dirigió a ver a la anciana. ¡Ay!, sus años ya no eran los de otras veces. Pasito a pasito, las fuerzas le faltaban al caminar sobre la espesura de la nieve. No muy lejos, como emergiendo de la blancura, se divisaba una casa solitaria, junto a un olmo que quizá tuviera doscientos años. Poco a poco llegó hasta el lugar. Cuando llegó al cortijo y entró halló a la mujer pegada a una de esas estufas de hierro, sencilla y humilde, única compañía de almas solitarias sin quererlo.
-Buenas Herminio-dijo la anciana cuando vio entrar al hombre a la casa- Pero ¿cómo has bajado hasta aquí con la nevada que ha caído? ¡Dios mío, para que te hubiese pasado cualquier cosa! ¡Y como tú andas del pecho! ¡Con esas toses! ¡Anda Herminio, anda, que la vejez y las cabezas no hacen buena amistad!
-He venido a ver si necesitas alguna cosa, que a nuestros años y solos como estamos…
-Yo ya no se ni lo que necesito Herminio, sólo necesito ya descansar-le contestó la mujer, que parecía encerrada dentro de un luto que había permanecido perenne, envolviendo su vida entera desde los tiempos de su mocedad.
Nunca, que el anciano pudiese recordar, la tía Ana había hablado de descanso ni había tenido ese aire de nostalgia que parecía exhalar a cada palabra que pronunciaba. Había sido mujer fuerte y curtida, a veces alegre, trabajada en la vida.
La mujer se sentó y tomó una botellita de aguardiente que guardaba en un pequeño armario empotrado en la pared.
-Toma una copa Herminio, que hace mucho frío y te vendrá bien, que has llegado empapado-le dijo la anciana con una voz quebradiza y débil-
-Sabes-prosiguió la tía Ana como si esa mañana anduviese sumida en la nostalgia- el estar solos a nuestra edad… y al instante salió una lágrima y la mujer interrumpió aquello que iba a decir. Me acuerdo de mis abuelos, cuando yo era chica, y ¡ya hace tanto que murieron! y de mis padres me acuerdo mucho, pero ¡cuanto hace que los enterramos! Mis hermanos y hermanas, cinco éramos, que tú has conocido a todos y ¿dónde están?, pues todos en el camposanto y espero que en la Gloria de Dios. Mi marido ¡cuánto lo recuerdo! y ya va para cinco años que murió. Pero el dolor más grande que habré de llevar cuando acabe esta vida es el de haber perdido a mis seis hijos, todos mozos. La maldita guerra mató a dos, y el cólera a los otros cuatro, dos hijos y dos hijas hermosos todos como el mismo cielo. Mis nietecillos nunca llegaron a nacer. Dime Herminio ¿qué crees que puedo esperar con ochenta años? Sólo puedo esperar lo que tengo ahora, la soledad y pronto la muerte- No se siquiera a qué cuento te he soltado esta retahíla; será la soledad. Pensarás que he perdido el juicio… Tal vez se me esté yendo el seso al otro mundo, ojalá se me fuera para no entender las miserias de éste.-
El tío Herminio permanecía callado, pensativo, mirando al frente y, de vez en cuando, ante las palabras de la tía Ana, movía la cabeza haciendo alguna mueca y abría la estufa para atizar un poco la leña.
-Deberías de venir a mi casa o a la de algún vecino de estos cortijos, Ana, estos días, pues así nos podemos ayudar mejor unos a otros, y andaremos más acompañados, pues ya sabes que no podemos salir afuera mucho, si no es para echar de comer a los cuatro animaluchos que tenemos- le dijo el tío Herminio, con un aire tierno y sosegado-
No-respondió la tía Ana-me quedaré en mi casa que, a pesar de todo, puedo mantenerme bien y tengo comida para pasar el tiempo de la nevada.
El tío Herminio después de un rato de charla dijo que ya se iba y que hacía muy mal en no querer salir estos días a una casa donde hallarse más en compañía, pero que bajaría un rato todos los días por ver como estaba.
-No salgas, Ana, esta mañana, que yo echaré a las gallinas y cogeré los huevos que hayan puesto-dijo el anciano. A continuación salió al exterior e hizo todo lo dicho, amén de entrar un buen puñado de madera a la casa. Entonces, despidiéndose, dijo que volvería a la tarde y a través de la nieve regresó a su casa. No hizo más que llegar a la puerta cuando aparecieron los tíos Román, Justo y Marcial. Eran los únicos que ya quedaban por las inmediaciones, los dos primeros casados con la tía Paula y la tía Josefina, y el tal Marcial, que muchos años hacía ya que andaba viudo.
-Herminio buena nevada ha caído ¿eh?-dijo uno de ellos- y ¡nadie lo esperaba! ¡El tiempo está cada día más loco! En fin- prosiguió Román- yo ya tengo los animalicos arreglados, ¡menos mal que siempre tengo hierba y nabos de sobra! Metámonos en la casa que no es para nosotros día de andar por la nieve.-
Se sentaron al fuego durante un buen rato, hablando de achaques, y del tiempo, y de los sembrados y de quien sabe cuanto más tiempo podrán quedar aquí si acaso la muerte no llega antes.
-Nuestro tiempo se acaba-dijo Marcial- Mi hija allá, en el extranjero ya me ha dado varios avisos de que me ha de llevar con ella…pero ¡dónde voy yo! Si he decir la verdad quien me da pena es Ana, la del cortijillo del Olmedo, ella si que anda sola por el mundo, con ochenta y tantos y solica sin un primo lejano ¿qué será de ella?
-¡Yo tampoco tengo a nadie en el mundo! -replicó el tío Herminio con una exclamación sarcástica- ¡también te daré yo pena!-dijo sonriendo.- ¡Que será de todos nosotros, Marcial!-
Esperando las luces del alba

Y pasó un día, y una semana, y se fue retirando la nieve, y pasó un mes, y dos, y volvió a nevar y pasó un año, y otro, y varios años más, y siguió nevando todos los años. Muy lejos de allí, en un lugar donde no nevaba nunca, unos ojos cristalinos y una venerable piel, morena y curtida en la ancianidad, miraban al infinito y unas manos, pequeñas y temblorosas, acariciaban un tallo de romero. Respiraba los recuerdos de su tierra, que le hacían vivir un poco más. Muchas veces, tantas como la inmensidad que a veces tiene un día, se preguntaba sobre sus abuelos, y sus padres y sus hermanos y hermanas, y sobre todo su marido ¿adónde se fue? Pero por encima de todo de sus seis hijos y de sus nietecillos que nunca llegaron a nacer. Y a menudo creía ver al tío Herminio sentado en el poyo y los ratos con Paula y Josefina en el lavadero de cuando niñas, y cuando mozas y de toda la vida y la alegría de Román, Justo y Marcial. Todos ellos allí quedaron, de nuevo en la tierra que les dio la vida y generosamente los acogió de nuevo en su seno.
-Señora Ana ya hay que entrar adentro, que hace fresco-le dijo una mujer vestida de un impecable blanco- y tomándola del brazo la condujo hacia el interior de un edificio donde había más ancianos. Nunca supo cómo, siendo pobre como era, pudo acabar allí, ni nadie se lo dijo jamás… La tía Ana sólo esperaba; gran parte de su vida fue una espera, que no esperanza y, aún hoy, el beso diario a una pequeña fotografía le hace respirar profundamente, derramar una lágrima y soñar aguardando la llegada de las luces del alba y entonces volver a sentir el aroma del espliego, allá donde se encuentre, junto a todos aquellos que caminaron con ella en el largo peregrinar de su existencia.

El paraje de los Tajadores, en Cehegín.



Desde hace muchos años, ha existido en Cehegín, fundamentalmente entre historiadores, filólogos etc. un cierto debate, templado, en torno a cual es la pronunciación original del topónimo del paraje que conocemos como los Tejadores, que también se pronuncia como los Tajadores. Desde luego en la documentación antigua, desde el siglo XVI, cuando aparece este topónimo por alguna cuestión, viene reflejado como del Tajador, o los Tajadores. Este hermoso paraje linda con el río Quípar y, ascendiendo por la ladera, frente a la Sierra del Quípar, en el lado contrario del dicho río, ocupa una extensión considerable. Dejamos un texto del año 1597 en que aparece documentado claramente el nombre del “Tajador”. El paraje se divide en Tajadores de arriba y Tajadores de abajo, y tiene varios cortijos con fincas de labor.

“En la villa de Çehegín, a catorce días del mes de abril de mil quinientos y noventa y siete años, los oficiales del Concejo desta dicha villa, que de yuso firmaron sus nombres, dixeron que atento que se ha corrido el término ( ) los dichos ensanches en las heredades del dicho Diego de Baeça, que son en el Robledal, y en el Campillo de Quípar y la otra en el Tajador”

jueves, 21 de febrero de 2013

La Fundación Alfonso Ortega, de Cehegín, presenta el último libro de don Martín Páez Burruezo.



El próximo sábado 23 de febrero de 2013 se presenta en la Fundación Alfonso Ortega, de Cehegín, el libro “Un ciclo pictórico regional. Murcia 1800/1930″, obra de don Martín Páez Burruezo. La presentación correrá a cargo de D. Francisco Marín Hernández, director de la Real Academia de Bellas Artes de Santa María de la Arrixaca de Murcia.
Dirección: Calle Cuesta del Parador 19, de Cehegín.
Hora: 20.00 horas

Un documento de finales del siglo XVI sobre la partida de la Fuente de don Gil, en Cehegín.






Este que presentamos ahora, es un documento, acta capitular, del año 1594, en que se realiza una petición para poder cultivar un pedazo de monte concejil, en la partida de la Fuente de Don Gil. Durante todo el siglo XVI, como hemos comentado en alguna ocasión, el Concejo fomenta las roturaciones de tierras de monte para convertirlas en cultivables, por lo que cede mucho terreno de propiedad concejil para estos fines, concediendo la propiedad, además, a perpetuidad. Este tipo de documentos son sumamente interesantes, no sólo por el aspecto puramente histórico, social y económico que subyace en los mismos, sino que, por otro lado, son una fuente importante para el estudio de los topónimos locales, que suelen ser muy abundantes en estos textos. Les dejo pues, con un fragmento de este documento.

“En el término della hay un pedaço de tierra, monte baldío conçejil, en la partida de la Fuente de don Gil, desde el nacimiento de ele agua a la ladera adelante, por sobre el rincón que está antes de llegar a la cuesta del Reventón, y por las peñas en adelante, tomando todo el rincón hacia a lo alto del Reventón y a lo alto arriba por la derezera de la fuente biexa…”

martes, 19 de febrero de 2013

El poema de la semana. Enrique Gracia Trinidad





Como el olvido...


                        Un poema de Enrique Gracia Trinidad
                         


  "Fui donde el Ángel y le dije que me diera el librito.
                                              Y me dice: Toma, devóralo; te amargará las entrañas,
                                                          pero en tu boca será dulce como la miel-." (10.9)


Como el olvido,
como las lágrimas y el sueño
que ya no se recuerda.
Así de amargo
el libro y cuanto en él se escribe
con la sangre.
Igual de amargo que este tiempo
que pasa como un trueno sobre el mar
y la tierra,
sobre la espalda de los hombres.
Como el dolor que no entendemos,
como el cansancio de la risa.
Igual que esta certeza que nos rompe
la voz y la cintura,
el recuerdo del barro,
la nostalgia de haber sido una lágrima fecunda.
Páginas vegetales que alimentan
las horas de la tarde,
cuando todas las cosas
ponen el corazón en cuarentena.
Letras amargas como el dorso
de una mano apoyada
sobre una puerta que cerró el recuerdo.

Pero en la boca,
dulce sospecha de esperanza,
pie que se acerca por la espalda
para dejar su beso sobre el cuello.
Dulce como la sombra
del verso que jamás escribiremos.

De "Tiempo de apocalipsis"
Poesía 1972-2004

Una Real Provisión de Felipe II, relativa al proceso de hidalguía sobre la familia Carreño, en Cehegín






Traslado de una Real Provisión de Felipe II, del año 1560, relativa a la ejecutoria de hidalguía que se lleva en la Real Chancillería de Granada sobre la familia Carreño, de esta villa de Cehegín. Está incluida en un expediente extenso relativo a este tema. La fotografía es de la cabecera y primera página del expediente.

lunes, 18 de febrero de 2013

La calle de San Agustín, de Cehegín, hacia el año 1945





Fotografía año 1945. Fuente: Cartomur.

Aquí pueden observar la calle de San Agustín, frontera al convento de San Esteban, hacia el año 1945.  Está el solar donde a principios de los años 50 se construiría el colegio de los franciscanos, que hoy es el Ciudad de Begastri, junto a las calles paralelas a él, aún solitarias, como Polavieja, San Miguel, San Silvestre etc. También podemos ver el campo de fúlbol viejo, que luego quedaría como parte del espacio del Instituto de Enseñanza Media Vega del Argos, y que en el año 1969 se inauguraría junto a él. El barrio de San Antonio, evidentemente, no existía aún, y la calle de Velázquez estaba perfectamente conformada. Una imagen preciosa y significativa de los cambios que ha tenido este pueblo desde la posguerra.

jueves, 14 de febrero de 2013

Un documento del siglo XVII referente a la fiesta de San Sebastián, en Cehegín





Un bonito documento éste que dejo ahora para los lectores. Es del año 1638, relativo a una antigua costumbre relacionada con la fiesta de San Sebastián, patrón contra las enfermedades y epidemias. Parece ser que desde el siglo XVI era costumbre ayunar de carne la víspera de la fiesta de San Sebastián, y guardar dicha festividad el mismo día del Santo. Al parecer a mediados del siglo XVII había decaído entre la población esta costumbre local, y el Concejo de Cehegín elabora un acta en que se hace saber al vecindario que es necesario cumplir con esta tradición.

“Y todos juntos acordaron que atento de costumbre ynmemorial a esta parte, por boto questa villa dixo en su Ayuntamiento, por la enfermedad de pestelençia que Dios Nuestro Señor fue servido de ynbiar a esta villa, quel día de San Sebastián se guardare y su bíspera no se comiese carne, jeneralmente, en esta villa. Y aunque a fe an fecho y guardado esta costumbre muchos años, pareçe que a çesado esta deboçión y conviene que se guarde y continúe con mucha deboçión y cuidado de que aquí adelante se guarde la dicha fiesta y aya abstinencia de carne en esta villa y no se coma…”

Libro de actas capitulares del Concejo de Cehegín. Acta de de 6 de enero de 1638

lunes, 11 de febrero de 2013

La pintura de la semana. Frank Cowper


Retrato de dama, del pintor prerrafaelista británico Frank Cowper ( 1877-1958).

La violencia en el Cehegín de la Edad Moderna






El Cehegín de la Edad Moderna era un mundo donde la violencia campaba a sus anchas, en un sentido prácticamente literal. Ya hemos comentado en alguna ocasión, en este blog, que las oligarquías controlaban en defensa de sus intereses la política local y la economía. Ello incidía en que la justicia, como tal, durante periodos muy extensos entre los siglos XVI y XVIII prácticamente fuese una falacia, como se puede demostrar a través de la documentación de la época. Las oligarquías se aliaban en clanes familiares en torno a la familia de más poder, y con ellas vivían en régimen de clientelismo otras tantas familias menores, que obtenían beneficio viviendo a la sombra de éstas. Ello provocó que hubiese varias facciones enfrentadas entre sí. Sabemos perfectamente que a mediados del siglo XVII era cosa común que los muertos anuales superaran, por estas causas los 15 o 20, y todo ello venía marcado por una impunidad absoluta. Era cuestión común que a alguien le diesen en su propia casa o en la calle dos tiros y no sólo no se investigara, sino que los atacantes pasearan tranquilamente al amparo de esa dicha impunidad. Incluso a personajes acusados y reclamados por la Real Chancillería de Granada no se les detenía y hacían una vida absolutamente normal. Era el ver y callar. Durante toda la Edad Moderna fallecieron muchísimas personas por las banderías y entre ellas varios alcaldes ordinarios y regidores del Concejo. Incluso durante las épocas en que fue necesario que hubiese un alcalde mayor para controlar estos delitos (hay constatada presencia en determinados periodos, más o menos largos, en los siglo XVI, XVII y XVIII) el nivel de violencia no desapareció. Es famosa la rivalidad histórica entre la familia Carreño y Fajardo durante los siglos XVI y XVII, fundamentalmente en el XVII. No obstante había varias facciones que como parientes o amigos se entrelazaban en lazos clientalares, como hemos dicho, creando un ambiente “mafioso” en el más puro sentido de la palabra. No había ni Ley ni Rey. Aquí mandaban ellos.