miércoles, 6 de abril de 2011

Contando un cuento en tres días. Abril



En la soledad que encerraban esas cuatro paredes se podía respirar el humo amargo que emanaba de sus entrañas. Como compañeros de habitación dos cuadros, un sencillo ordenador y una vaga sonrisa, dibujada en la portada de un viejo libro, eran testigos mudos de la desilusión que brotaba en cada bocanada de su aliento. Lucía era hermosa, con esa hermosura que sólo puede ofrecer el alma cuando se refleja en su propio espejo, y sin embargo, recostada sobre un catre maloliente, empapada en café malo y humo de tabaco negro, esa gracia ya no era la misma. Ese día no era ella, no, más bien Lucía desde hace algún tiempo ya no era ella.
Aquella tarde se hallaba al borde de la histeria. Sentada frente al ordenador, con medio litro de café que le sabía a una infusión de manzanilla, sentía como su mente no terminaba de carburar y la historia que, como si fuese barro, modelaba y daba forma, se desvanecía en un caos informe una y otra vez. Esos personajes se hallaban prisioneros, esperando con paciencia, quizás, algún día, fluir con todo su mundo, como una fuente… Esa criatura que se hallaba gestando bullía en su cabeza, como si todo quisiese ya cobrar vida en el papel; pero aquella no parecía ser la mejor tarde para escribir. Había una temperatura agradable, para ser otoño, y se podía pasear tranquilamente, así que se puso algo de ropa con que poder sentirse a sí misma, como hasta no hace tanto tiempo le gustaba, y salió a la calle buscando aire. Por momentos sentía la necesidad de ir, tal vez, al paseo marítimo y caminar en pos del aroma de las olas, de brisa que colmase sus pulmones y, sobretodo, de la inmensidad del horizonte.
Durante algo más de veinte minutos esperó en la parada a que llegase un autobús que le habría de llevar a la búsqueda de un poco de desahogo, como tantas veces, junto a las olas del mar.
-Buenas tardes joven-dijo una mujer mayor que se acercó a esperar el autobús- ¿sabes si hace mucho tiempo que ha pasado el último? No lo sé-contestó Lucía con esa voz dulce, frágil y quebradiza, que parecía romperse con su mismo aliento - hace un rato que he llegado… -¡Tantos últimos han pasado para mí en la vida! -se dijo para sí, quedando al instante en silencio-.
-¿Decía usted algo, joven?- preguntó la anciana - no, señora, hablaba para mí - contestó la chica- Siéntese señora, siéntese usted aquí, -dijo Lucía levantándose inmediatamente y tomándola del brazo para ceder el único asiento que aún quedaba sano en la parada.- La mujer le agradeció el detalle y a continuación, entre gestos de cansancio se sentó.
-Sabes, hija,- le dijo-, es increíble lo que hay que esperar en esta línea, ¡a veces hasta cincuenta minutos! Aunque en verdad yo ya no me enfado por estas cosas. Muchos pasamos la vida esperando y llega un momento en que no sabes ni el qué.- Así es, señora, así es, - contestó Lucía, mientras daba la razón a la mujer moviendo la cabeza-.
En ese instante apareció, a lo lejos, lo que parecía un autobús urbano y conforme se iba acercando pudieron distinguir el número, que indicaba que se trataba del que ambas mujeres esperaban; subieron y se sentaron juntas después de entablar una amable conversación. Cuando Lucía miraba el rostro de la anciana le parecía recordar esas flores del otoño que, aún cuando comienzan a marchitarse con el frío, siguen regalando un suave aroma.
-Bueno hija-dijo la mujer cuando llegó a su parada- aquí me quedo, aunque ya coincidiremos en otra ocasión y en otras esperas eternas en la parada. Queda con Dios joven- Hasta pronto, señora, adiós- le contestó Lucía- y llevándola del brazo, le ayudó a bajar hasta la calle, perdiéndose al poco tiempo la anciana de la vista de la joven.

Continuará...

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