viernes, 8 de abril de 2011

Contando un cuento en tres días. Abril. Dia 3º



Llegó la mañana y con ella un nuevo día. Lucía sentía que se hallaba con ciertas fuerzas para volver a escribir, pero había una necesidad más imperiosa aún, como aquella que rezaba el proverbio que don Lope, un querido maestro del instituto, le recitó un día en un cierto latinajo que no recordaba, pero que venía a decir en castellano “primero vivir y después filosofar”. Esa mañana, pues, se arregló y salió a buscar algún empleo. No debió dejar el que tenía en aquella mercería donde se vendía casi de todo, pero ¡le pagaban tan poco y era tanto el tiempo que le llevaba! por lo que, siendo, como era, escritora, no podía dedicarse a sus personajes. Caminó toda la mañana, compró periódicos, visitó locales de todo tipo, pero no pudo hallar trabajo de momento. Decidió acercarse a las oficinas del Instituto de Empleo. Nada más entrar por la puerta su cara, dulce y sonrosada, tímida y atractiva, palideció como una pared recién encalada al ver al funcionario de turno. Sintió nauseas y huyó de allí. Era la cita de la noche anterior.
Para poder vivir necesitaba dinero y para poder escribir, que era su vida, necesitaba encontrar de nuevo un empleo. Una chica joven, con su carrera universitaria terminada, inteligente, escritora, independiente, en paro y sin dinero para pagar el próximo mes de alquiler ¿qué podría hacer? Lo que si tuvo claro esa mañana es lo que nunca más volvería a hacer.
Ya pasado el mediodía regresó de nuevo a casa, y de nuevo a la compañía, eterna compañía, de su amiga Soledad. Comió alguna cosa, abocada la mirada al plato, con desgana y balanceando la cabeza como diciendo no; negándose algo a sí misma, con un gesto instintivo, y con un rostro triste, que sólo los objetos de la habitación podían contemplar. Se levantó de la mesa y se echó encima del camastro, encendió un cigarro, llenó los pulmones con una inmensa y fuerte calada y pensó que se quería morir. -¿Acaso con treinta años se puede tener miedo a la muerte?-se dijo-.
Podía estar horas mirando una mancha oscura del techo y sentir la angustia de pensar que cuando todo acabase pudiese dejar de tener percepción del mundo y de sí misma, o, que por siempre jamás dejase de existir, como antes de nacer. Pero en realidad no esperaba la muerte sino que deseaba amar a la vida. Sin embargo, no podía con la angustia que le aprisionaba las entrañas.
En el piso de al lado una chica se hizo un café, acarició el monitor de su viejo ordenador y lo encendió. En ese momento volvió a sonar el viejo tema de Simon y Garfunkel  y Lucía recordó el sueño en que la anciana le decía “Abril nunca llegará, Abril eres tú…” Desde la habitación de la vecina de Lucía se oían unos balbuceos como si alguien llorase. Entonces, la chica, tuvo una sensación rara y se levantó del ordenador. Se dirigió hasta una ventana que daba al patio de luces. De su piso brotaba el sonido de April Come She Will. La desconocida se asomó durante un momento a la ventana y contempló a Lucía llorando sobre un viejo sofá lleno de remiendos. Quiso decirle algo pero todo sucedió deprisa. Lucía se levantó de pronto, quitó un plato y un vaso que tenía sobre la mesa y salió a otra habitación, volvió casi al instante y permaneció unos segundos mirando lo que parecían ser unos retratos. Escribió algo sobre un papel. Levantó la cabeza, observó lo que tenía a su alrededor e, inmediatamente, se fue hacia una especie de balconada que daba a la calle principal, la abrió, y sin más dudas ni dilaciones se arrojó al vacío. Todo había terminado.
La vecina bajó a la calle y vio como un grupo de gente ya se congregaba junto a una joven tendida en el suelo que parecía moverse; pero Lucía tuvo la suerte que añoraba y maldecía.
Una vez que aparecieron los servicios de emergencias la vecina de Lucía se subió a su piso, preparó una cafetera, encendió un cigarro negro y sentada en un sillón se quedó mirando al frente, absorta. La tarde siguió tranquila, y también la noche. Un día después alguien dejó unas flores y una fotografía en el lugar donde falleció la joven. Por un momento ella permaneció impasible mirando los recuerdos que pululaban sobre ese ramo junto a las lágrimas de la persona que allí los dejó.
Pasaron los días y los meses y a la joven anónima le costaba trabajo olvidar. Desde aquel día, la chica se dio cuenta de que nunca conoció a aquella mujer del piso de al lado, ni supo siquiera su nombre y, sin embargo, cuando se asomaba al patio de luces, creía ver su sombra paseando por el saloncito y, a veces, en sueños, sentía como Lucía le susurraba cosas de su vida, y de sus amores, y de su soledad, y de sus ilusiones. Algunas mañanas, bajaba por la escalera y sentía como caminaba junto a ella. Cuando transitaba por la calle, paseaba por la playa, cuando admiraba un atardecer de otoño o lloraba sus desdichas veía a Lucía. Y después de todo llegaron a ser amigas, tan amigas que la Soledad dejó de ser la única compañía de ambas. Lucía se convirtió, para su desconocida vecina, en parte de su vida. La literatura terminó por ser el vínculo de unión de dos mundos. Entonces su vida paso a ser historia escrita y, por ello, de creadora pasó a ser creación y de forjadora de historias a historia misma. Y nunca aquella otra mujer, que de nuevo dio vida a Lucía, se sintió mejor. Cosas de la Soledad.

Fin

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