jueves, 7 de abril de 2011

Contando un cuento en tres días. Abril. Dia 2º




 Al cabo de un ratito la chica llegó a su destino. Se adentró en el paseo marítimo y se acercó hasta las rocas del espigón; el oleaje se estrellaba con fuerza. Le gustaba venir aquí a menudo y sobretodo cuando necesitaba del ruido de las olas para poder sentirse un poco mejor. Entonces acertó a pasar por allí una persona. Lucía la miró. -¿Como será su vida? -se preguntó la joven- Quizás nunca más vuelva a ver a esta persona ni ella a mí. Es curioso, ¿qué será de su vida y de la mía?-
 Después de un buen rato se levantó del banco y volvió a caminar sin saber muy bien a donde se dirigía. El sol, poquito a poquito, se iba poniendo y comenzaba a refrescar. Todavía bastante gente transitaba por la calle, cada uno embutido en sus menesteres, pensamientos, negocios o preocupaciones. Había un escaparate precioso y siempre que pasaba por ese lugar Lucía se detenía ensimismada, pero esta tarde no le llamó mucho la atención. Prosiguió embebida en su paseo, con mirada tímida y un tanto distraída. Ese día llevaba un cierto aire de lánguida tristeza en los ojos, cuando vio, por casualidad, a la anciana con la que había intimado en el autobús urbano. Andaba muy lentito, con un bastón sobre el que se apoyaba, pasito a pasito. -Buenas tardes joven- saludó la anciana- adiós señora -contestó esta última- La mujer, de quien Lucía no conocía el nombre, siguió caminando, lentamente, calle adelante. La chica se dio la vuelta y quedó mirando como se alejaba la que fue por unos minutos compañera de asiento en el autobús urbano; entonces le vino a la memoria el instante en que la mujer, en la parada del autobús, le dijo “muchos pasamos la vida esperando y llega un momento en que ni siquiera sabes el qué”. Pasar la vida esperando-se dijo-, quizás yo haya pasado así toda mi vida.
Prácticamente la noche había caído, pero no tenía aún ganas de volver a la compañía de sus dos cuadros y aquel aparato en el que escribía las historias que vivían dentro de ella. A pesar de que comenzaba a refrescar se podía estar bien en la calle. Se sentó en un banco que había en una de las aceras de la Calle Mayor, encendió un cigarro, dio una profunda calada y sintió como el humo, el aire, las voces y hasta los pasos de la gente sobre el enlosado habían creado una atmósfera que  le envolvía y, por momentos, le hacía sentirse bien. No quería volver a casa esa noche. Fue caminando muy tranquila, despacito, como alargando el tiempo hasta llegar al cruce de la Calle Mayor con Jerónimo de la Torre. Al llegar hasta la parada del autobús decidió, en última instancia, volver a pie, aunque se le fuese un ratito en ello. Era una noche clara y fresca, las luces de la ciudad no dejaban ver bien el cielo, pero sí permitían disfrutar de una inmensa y casi roja luna que ascendía sobre el firmamento. Durante un instante sintió ganas de llorar. En un visto y no visto brotaron un par de lágrimas al recordar como, hace ya unos cuantos años, siendo niña, le gustaba sentarse en las noches de verano sobre la hierba, fuera de las luces del pueblo, y mirar el cielo, preguntarse qué eran las estrellas y soñar con el firmamento, como si ella no fuese de este mundo sino de aquel otro que embelesaba sus ojos. Ese tiempo, por desgracia, ya pasó.
Lucía prosiguió su paseo entre luces, mendigos y mujeres de mirada perdida, caballeros elegantes y señoritas que olían a perfume caro. Cuando ya se acercaba hasta el portal de su casa sonó la inquietante melodía de un teléfono móvil. Lucía lo cogió.-Sí , yo soy-contestó la joven con gesto casi tembloroso, consiguiendo, a malas penas, que las palabras pudiesen nacer enteras de su interior- Nos vemos… Sí, nos vemos… Bueno, dentro de una hora. Sí… Allí, en la Plaza de Alonso Carrión ¿la conoces? Muy bien, pues hasta luego.- Y con una sensación extraña, Lucía subió hasta el piso, seria y un poco aturdida, en espera de que llegase el momento de la cita.
 Al cabo de una hora en punto coincidieron ambos en dicho lugar, se dieron la mano y dos besos, charlaron brevemente y se fueron de allí en dirección desconocida. Pasado un buen rato, como unas dos horas Lucía volvía a casa no ya mirando hacia la candidez de la luna sino a la oscura inmundicia del suelo. Se sentía mal. Le embargaba un sentimiento tal de pena hacia sí misma que veía como su vida se perdía en cuestión de días. Subió a casa y encontró la compañía de la soledad de todos los días. Sin ni siquiera cambiarse de ropa se sentó en el viejo sofá y a la primera calada de un cigarrillo negro vomitó hasta las entrañas. Se acurrucó allí mismo y lloró, lloró mucho, tanto que hasta sintió como todo lo que soñó desde niña se le venía abajo. Junto a ella, tirados en el suelo, setenta y cinco euros, mojados en un profundo sentimiento de dolor interior.
Aquella noche, envuelta en lágrimas, se dijo que aquello era la última vez que sucedería en su vida, y que nunca jamás volvería a pasar por lo mismo.
Ya muy avanzada la noche, después de dormitar en el sofá, se levantó y echó en la cama, envuelta en unas mantas grises que le traían a la memoria a su madre, y el aroma a alcanfor, y los amaneceres del pueblo. Recordando otros tiempos quedó pronto durmiendo. Caminaba por una calle donde transitaba mucha gente y ella iba desnuda, bañada en las miradas de unos y otros, de unas y otras, de todos, sumida en un pozo de vergüenza. A mitad del trayecto se encontró con aquel hombre con quien tuvo la cita la noche anterior. Él la miró fijamente, sin parpadear y, en un instante que parecía un siglo, con la boca llena de gusanos, le escupió y desapareció en la espesura de la niebla, riendo. Asustada Lucía corría, pero llegando ya al final de la calle, que terminaba en un gran precipicio, se encontró con la amable anciana que conoció en el autobús urbano.-Señora-le dijo Lucía- ¿dónde está Abril? -Y la mujer le contestó- Abril nunca llegará, Abril eres tú- Entonces comenzó a sonar April Come She Will, una canción que en más de una ocasión le hizo derramar alguna lágrima. La joven despertó. Se dio cuenta de que la canción llegaba desde el piso del vecino y con una leve sonrisa pronto pudo conciliar el sueño.

Continuará...

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